DE PRIMERAS IMPRESIONES


  Por culpa de los nervios derramó la cerveza, escupió mientras hablaba y vocalizar se volvió una tarea más difícil de lo que hubiera imaginado. Intentó serenarse y mantener la compostura, o por lo menos el equilibrio al sostener su botella. Debía de parecer la cosa más desastre del mundo en ese momento  y todo por querer causar una buena impresión.

 Miró con nerviosismo a los ojos examinadores que tenía en frente, preguntándose por el estado de su pelo, o por si había acertado en su atuendo. ¿Por qué era tan importante aquella primera imagen, aquel primer encuentro? Si al fin y al cabo no hay peor cosa que ser juzgado y etiquetado por alguien que aun no tiene la suerte- o la desgracia- de conocernos.

¿Es el primer vistazo lo que define cómo somos o qué queremos ser? Lo dudaba, pues creía que las personas son mucho más que una conversación atropellada, y un solo momento no es suficiente para conocer al hombre y a la mujer  más sencilla.

Hablando de primeras impresiones quien demandará la posibilidad de una segunda cita?  será acaso  ¿Ese chin o vuelco en el corazón?

 Ella,  respiró hondo y sonrió,  esta vez con más tranquilidad. Se relajó en su asiento y comenzó a parecerse a la persona que era todos los días, la que hablaba y reía con transparencia y sin temor.

Empezó a notar que su interlocutor se revolvió en la silla, quizá con un aire  amigable y menos crítico.

Y se entregó a la situación … Que mejor que ser tu misma…

Y si no hubo una primera buena impresión,  siempre nos quedará pensar que es por la otra parte, una forma muy tonta de perder a alguien, antes de darle tiempo a que nos gane.

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LOS GATOS DURMIENTES


Llegué a la conclusión, algo tensa histriónica…

La conclusión que querías escuchar.

Querías escuchar mariposas de alambre, tejidos de pulpa, querías escuchar que me punza, que me agobia, querías que dijera todas las palabras que dije… Si es que las dije… Cuando las dije…

Querías transplantes insertos, bloques de hielo en la colcha,  la misma terraza, los mismos gatos, vivir en la casa que no existe, con la “yo” que recuerdas, en un llano de lágrimas abajo en la brújula…

Construir fantasmas al dormir  en el frío nevado.

Yo construyo  fantasmas si se moja mi almohada…  Que la mariposa vuela, que el tejido se endulza… Que me punza, que me agobia, que reitero las mentiras, las sostengo, las desato.

Tengo las mismas manos, la misma peca, tu casa sigue en el sitio, la miel sigue en mis pechos, los gatos duermen, el llano se seca.

Llegué a la conclusión… Esa que has sabido siempre, la que anhelas escuchar…

Te espero… Un minuto…

Hoy volví a llorar

PRISIONERA


Vuelve a su cueva, a su dulce mazmorra, de perpetua soledad, a su mundo de sin saberes, y sin sabores…  De nuevo su carcelero le toma prisionera, donde  la agridulce angustia, será su compañera, la Dama, llora, y se sumerge en días de otra latitud, cuando la luna jugaba con su pelo, y el valiente  caballero paseaba de su mano.

Vuelve a estar la Dama prisionera,  su condena:  “no saber volar”,  entregar su corazón de cristal, creerse salvada,  del dragón que la custodia dia y noche, su carcelero.

Aprendida, asotada, cansada…

Ya es de noche otra vez . La Dama vuelve a dormirse, esperando que  la mañana traiga,  el suspiro de Dios como bálsamo para que no duela tanto.

Volverá a reir la luna, las estrellas recuperaran su luz, Y un valiente caballero, devolverá el corazón a la Dama y así su libertad.

MUERTO DE MIEDO (EL FIN )


Se le ocurrió llamar a su abogado, pensando que la amistad que tenían desde hacía más de 30 años, sería garantía más que suficiente para confiarle este problema. Pero lo cierto es que no era un asunto legal y no podría ayudarle. Otra idea que barajó fue la de contratar los servicios de un detective, pero ¿para qué? Sin datos no averiguarían quién planeaba asesinarle. Tampoco podía acudir a la policía, porque la prueba que tenía no era contundente ni acusaba a nadie, en todo caso, era a él a quién acusaban. Por esta misma razón, no podía contárselo a su mujer ni a ninguno de sus compañeros de trabajo. Estaba sólo.

  Había transcurrido una semana desde el fatídico hallazgo y las cosas no estaban mejor que el primer día. El seguía inmerso en un mar de dudas, aunque en el fondo albergaba la esperanza de que todo aquello fuese una broma de mal gusto, de la que se reiría cuando la recordara. Este pensamiento le hacía sentirse un poco mejor. Sin embargo, aquella mañana, sin quererlo ni desearlo la angustia fue creciendo en su interior como la mala hierba.

Una sensación de agotamiento se estaba apoderando de él, confiriéndole un cansancio tanto físico como mental. Estaba atrapado, tenía miedo, mucho miedo y sentía, como una losa, el peso de la soledad.  De pronto comenzó a sudar excesivamente, los labios se le secaron y aunque él se pasó repetidamente la lengua, no consiguió siquiera humedecerlos.

Se sentía desfallecer, estaba mareado,  apoyó una mano en la pared, en un vano intento de detener la caída, el dolor cobró vida, recorrió su brazo hasta llegar al corazón y lo retorció sin compasión, no tuvo tiempo ni de coger sus pastillas…  Y allí mismo fue consciente de que estaba llegando el final.

Su muerte.

 

  Martín murió una fría mañana de noviembre con la única compañía de la soledad y del miedo, sin saber que éste último sería su ejecutor, y sin sospechar la verdad que tanto ansiaba saber.

 

  

MUERTO DE MIEDO 1/2


La noche empezaba a caer sobre el valle, y pronto la temperatura descendería por debajo de los cero grados. Martín encendió la chimenea con unas cuantas leñas que había adquirido la última vez que estuvo allí. Se sentó en su sillón favorito, junto a una vieja lámpara y sacó de su maletín unos documentos que debía revisar al día siguiente.

Al sacar esos papeles cayó al suelo un CD que no recordaba haber guardado. Encendió su portátil y lo examinó con interés. Aparecieron en pantalla varias carpetas con diferentes nombres. Pinchó sobre la que se llamaba “FICHA”, y al momento aparecieron todos sus datos personales: nombre, apellidos, edad, altura y peso, modelo y matrícula de su coche, su dirección y sus números de teléfono, el nombre de su lugar de trabajo y su puesto. También había varias fotografías actuales de él.

La segunda carpeta llamada “INFORME” contenía un detallado documento en el que se exponía cómo era un día de su vida, el recorrido que hacía cuando salía de casa hasta llegar al trabajo, las veces que abandonaba la oficina, a qué horas, dónde iba y con quién se veía y cuáles  eran los números de teléfono a los que llamaba. Además, había dos amplios expedientes  en los que se citaban algunos negocios sucios que había hecho de espaldas a la empresa para la que trabajaba, y un par de relaciones amorosas que tuvo, por supuesto, al margen de su matrimonio.

Estaba completamente desconcertado, pero llamado por la curiosidad, abrió la tercera carpeta, “ENCARGO” y lo que leyó le dejó aturdido. Una única palabra: “matarle”.

Las piernas le temblaban, el estómago se le encogió mientras que un sabor amargo inundaba su boca y un escalofrío recorría todo su cuerpo, bañándole de un sudor frío.

Esperó unos minutos a que el pulso recuperara su ritmo. En esos momentos se sentía pequeño e indefenso. Mentalmente hizo un breve repaso de su vida. Tenía cincuenta y dos años, complexión atlética, gracias a las cuatro  horas semanales que pasaba en el gimnasio. Hacía tres años había sufrido un infarto y se había recuperado con las secuelas normales de esa dolencia, por ello, tomaba una dieta balanceada, sin apenas grasas, no fumaba y no bebía más que alguna copa de alcohol, ocasionalmente. Su cabello comenzaba a mostrar algún brillo plateado de las tan temidas canas, pero eso a él no le importaba y se veía atractivo. Muchas mañanas cuando se miraba al espejo se sentía joven. Pensó que no era justo morir ahora.

 Esa noche apenas durmió dándole vueltas a lo que acababa de descubrir. Las pocas veces que le venció el sueño, éstos estuvieron llenos de pesadillas, que indicaban que su espíritu estaba sufriendo más de lo que era capaz de imaginar.

 Los días posteriores  transcurrieron con una lentitud a la que no estaba acostumbrado. El único pensamiento que acudía a él de forma reiterada era cómo evitar la tragedia que sabía que iba a ocurrir. No tenía ningún dato que le aportara la más pequeña pista que pudiera orientarle, pero sí un montón de preguntas que se agolpaban en su cabeza para las que no encontraba respuestas ¿A quién podía contarle que planeaban matarle? ¿Quién sería esa persona o personas que tanto le odiaban como para encargar su muerte? ¿Tendría algún enemigo oculto? ¿Cuándo le matarían? ¿Cómo lo harían? ¿Qué podía hacer él? 

MUERTO DE MIEDO 1/1


 El viento soplaba fuertemente sobre los montes. Si el tiempo seguía así, muy posiblemente el temporal llegaría hasta el valle, un lugar extenso, rodeado de bosque y con vegetación en abundancia, donde las nubes se pasean cerca de la tierra, la naturaleza  se deja ver en todo su esplendor,  y se respira silencio. Este paraje tan mágico fue el elegido por Martín, un hombre que trabaja como director financiero en un grupo de empresas. De vez en cuando, Martín viaja hasta esta hermosa región donde, hace ya más de 20 años, compró una bonita y sencilla casa de verano, como la llamaba él.

Durante un tiempo fue la casa en la que pasaba las vacaciones con su mujer y sus dos hijos, pero en los últimos años, la utilizaba muy a menudo y en cualquier época. Sus hijos eran mayores y la relación con su mujer ya no era la misma de antaño. Ahora, pasaban grandes temporadas separados, aunque no terminaban de vivir el uno sin el otro. Hace dos años hizo una gran reforma en la casa para adaptarla a los tiempos de hoy en día y dotarla de todas las comodidades, y siempre que podía,  huía del asfalto, del ruido y de las prisas de la gran ciudad en la que vivía, y se refugiaba en este lugar apartado de todo.

  Martín era un hombre con una gran fortuna,  debida en gran parte, a su trabajo y también a la herencia que recibió cuando su padre falleció, ya que él era él único descendiente que tuvo.

  Aquella primera tarde de sus vacaciones del mes de noviembre, Martín se acercó al pueblo más cercano, con la intención comprar, el pueblo era muy sencillo, con callejas empedradas y estrechas, casas bajas de dos plantas máximo, y pequeñas tiendas, donde muchos de los productos que se vendían eran cultivados y recolectados por los propios habitantes del pueblo.

Todas las calles convergen en un promontorio en el que se alza un bonito castillo que data del siglo XV, construido con piedras  y sillería. Incluso cuenta con una muralla defensiva en la que se abren los resguardos  para su protección.

Caminaba sin prisa, disfrutando del ambiente añejo que le proporcionaba el pueblo hasta que llegó a la tienda dónde siempre hacía sus compras. En este caso, eligió productos básicos como pan, leche, mantequilla, huevos, algo de embutido, fruta fresca y verdura, un par de filetes y una buena botella de vino. También se hizo con el periódico local del día. Con esto, ya tendría para pasar el primer fin de semana.

LA RAMITA DE ROMERO …


Abrí mi bolso  para buscar  mis gafas de sol,  y encontré lo que menos buscaba, como suele pasarnos al colectivo  de  mujeres que llevamos  bolsos sin fondo.

Era  una ramita de romero,  que prorrumpió  de  uno de los bolsillos interiores.

Entonces vino  a mi memoria,  la tarde de verano  en que caminaba por una calle de la ciudad  con la cabeza en mil sitios y la mirada fija en ninguna parte. De pronto me abordó  una gitana de esas que te leen la buenaventura en las líneas de la mano.  Y  como si fuese un imán para esta tradicional lectora del destino “me agarró a traición “e hizo oídos sordos a mis tirones y rezongas  porque no quería ser “adivinada”.

 Contuvo mi andar, y yo más escéptica que agobiada me  rendí, venaca morena, no te asustes…   Deja que te vea esos ojos… me dijo.    Con su lenguaje exotérico,  me recetó PACIENCIA,  (que curioso últimamente, todos me recetan lo mismo dije sarcásticamente) no te cortes el cabello nunca,  (eso  no logré entenderlo), cultiva el AMOR, propio y por lo demás y el universo te recompensará con mas  amor del que puedas imaginar (pensé: tengo hectáreas e interminables sembrados  de amor )  que mirara cada noche la luna,  ( ya lo ¡hago! ).   Luego, me pábulo con  una ramita de romero perfumada, para mi sorpresa,   no me rechazó cuando le dije que no tenía dinero (como hacen algunas),  lo cierto es que adivinó mi estado de ánimo actual,  e insistía en que le mostrara mis ojos, (pues llevaba gafas de sol).

Estas triste,  me dijo,  me parlamentó  mi pasado y   mi presente y me auguró  mi futuro  en las líneas de mi mano derecha (que por supuesto los aciertos serían fruto de la casualidad).

Por supuesto que no creo en los poderes  adivinatorios de nadie, pero si,  en la capacidad que tienen algunas personas para observar más allá,  de lo que dejamos ver…  Sean gitanas o no.

  Tantas cosas… Y tan ciertas.

Sin embargo, cada vez que abro mi bolso,  y me reencuentro  con  mi ramita de romero, repaso  las palabras de aquella gitana …   

Paciencia y Amor….  Paciencia y Amor…