EL ESPEJO


El día en que Mario perdió el tacto amaneció como los demás. Era un día caluroso de finales de Julio. El sol salió a las 6.42 de la mañana. Las golondrinas festejaron el inicio del nuevo día con sus chillidos alegres.

El golpe de puerta del vecino de al lado le retumbó en la cabeza como si por un momento la hubiera prestado de gong a un templo budista. Vaticinó que tendría resaca hasta bien entrada la tarde y decidió continuar durmiendo.

Con una media sonrisa recordó lo bien que lo había pasado la noche anterior; Pese a su fama de tarambana, aquella noche se había retirado pronto, últimamente le costaba aguantar hasta más tarde de las tres. La edad no perdona.

El espesor de su dolor de cabeza le impulsó a levantarse para tomar ibuprofeno, paracetamol o lo que encontrara en el botiquín. La sensación de ingravidez que le produjo la ausencia de tacto en la planta del pié, le hizo caer. Se levantó medio aturdido, medio asombrado y se dirigió al cuarto de baño con la sensación de caminar sobre algodones.

No recordaba haber bebido tanto como para tener esa enorme sensación de aturdimiento.  Se miró en el espejo y se pasó la mano por la cara.  Se sorprendió al darse cuenta que lo que detectaban sus dedos no era lo mismo que lo que intuía su vista. Sentía que su límite externo se había difuminado y que él era incapaz de percibirlo.

Su cuerpo, por una razón inexplicable, estaba enfundado en una envoltura de poliexpan invisible. Esa percepción le hizo olvidar su dolor de cabeza y se dirigió a la cama de nuevo, con la esperanza de que sólo se tratara de un sueño.

La siguiente semana fué un rosario de visitas a médicos, curanderos, masajistas, fisioterapeutas y otros profesionales dedicados al bienestar del cuerpo. Ninguno de ellos pudo devolverle a Mario su tacto.

Cada día que pasaba, Mario se sentía más sólo. Su cuerpo, ahora ilimitado, le parecía transparente, frágil, vulnerable. El vacío de su interior se hacía cada vez más evidente, tanto, que a veces le parecía que no podía cargar con él. Los días fueron pasando y sus ganas de relacionarse con la gente se fueron desinflando.

Su médico de cabecera le diagnosticó cuadro de ansiedad pre depresivo con posterior pérdida de facultades sensoriales, aconsejándole baja laboral acompañada de periodo de vacaciones.

Su apatía le privó de verse con amigos, compañeros o familiares y le hizo extremar sus condiciones de soledad,  pese a su decisión inicial de quedarse en casa a esperar que le volviera el tacto, acabó decidiendo ir a buscarlo lejos de su hogar, más para evitar las llamadas, visitas y propuestas varias que recibía de sus allegados que por una convicción certera de poder encontrarlo.

Con la mochila en la mano, llena sólo con las cosas básicas, se plantó en la estación de tren. Tenía en mente iniciar un viaje a ninguna parte, sin límites, sin objetivos…..tal como su cuerpo le estaba pidiendo de forma indirecta.  Recorrió Europa y parte de Asia con trenes de diferentes categorías y diversos estilos. Durmió en camas de diferentes durezas y estuvo en contacto con gentes de diferentes culturas.

Volvió a los tres meses, con la sensación de haberse encontrado a sí mismo, con la piel surcada por arrugas que denotaban el paso de emociones intensas, con el espíritu alegre, con más conciencia de su ser. Al abrir la puerta de su casa, su nariz se llenó de nostalgia, de recuerdos del pasado, entre los que estaba su falta de tacto.

El frío del pomo de la puerta no pudo penetrarle la epidermis por completo. La falta de tacto seguía allí, simplemente había logrado acostumbrarse a ella.

Sin deshacer las maletas se dirigió al baño y tras lavarse la cara descubrió en su  imagen  una gran sonrisa, no se sentía especialmente contento aunque la sonrisa podía concordar con la felicidad acumulada durante el viaje. El brillo de sus ojos le hizo darse cuenta que era una persona nueva, se había desprendido de limitaciones psicológicas peores que la falta de tacto.

De pronto se sorprendió guiñándose un ojo. No se auto guiñó el ojo consciente mente y por acto reflejo respondió al guiño de su imagen en el espejo. Para su sorpresa, la imagen del espejo esta vez no le devolvió el guiño y asustado se echó atrás.

–         ¿Quién eres?

–         Soy tú, reflejado en un espejo…

–         ¿Y por qué hablas conmigo?

–         Me has preguntado….

–         No entiendo nada….¿desde cuando los espejos hablan?

Viéndose desdoblado se sintió con necesidad de volver a mojarse la cara.

La imagen del espejo siguió fiel sus movimientos.

–         ¿Por qué te molestas en repetir mis movimientos?

–         Mi función es recordarte que existes cada mañana, ser testigo de tu evolución a lo largo del tiempo, reflejar las huellas que tus sentimientos dejan en tu rostro y ayudarte a que te conozcas.

Mario se quedó pensativo durante largo tiempo y sin decir palabra cerró la luz del baño, pensando que esto desactivaría la grotesca conversación que estaba manteniendo.

–         Gracias, se oyó en la oscuridad

–         Gracias,  ¿por qué?

–         Por haberme dejado experimentar el significado del tacto.

Al oír la palabra tacto, el corazón le dio un vuelco en el pecho. ¿El espejo había sido el responsable de su problema? Volvió a encender la luz, pero por más que se entretuvo haciendo gestos frente el frío cristal, no consiguió obtener otra cosa que su simple reflejo, ridículo a veces y divertido a otras. Exhausto decidió irse a dormir.

Aquella noche, entre sueños, se vió sintiéndose repulsivo, sintiendo vergüenza de si mismo, bebiendo cada vez que salía de fiesta para rehuir su miedo al ridículo y para hacerse creer que se divertía.

Vio su vida dominada por la nostalgia, la melancolía, llena de momentos pesimistas y amargos. Se acordó claramente de la noche en que el espejo le robó el tacto.   Había llegado con un par de copas de más, como de costumbre, pero aquella noche no le habían sentado bien y frente al espejo formuló un deseo al aire.

Quiso liberarse de sus complejos y de sus miedos, quiso volver a sentirse vivo y volver a confiar en la vida y en sí mismo. Tras formular el deseo, rompió a llorar y apoyó las palmas de sus manos en el cristal. Su imagen le habló sin que él pudiera oírle.

Le prometió devolverle su identidad y lo había conseguido robándole su sentido más preciado.

Amaneció soleado. Las temperaturas habían bajado sensiblemente.    Las golondrinas habían emigrado a tierras más cálidas. Reinaba el silencio y Mario despertó feliz, su vacío había desaparecido llenándose de sí.

Por fin había recuperado su tacto.

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